Por Paloma Ávila
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En el medio de la crisis en que nos tiene este virus me ha inundado, tal vez por el silencio, tal vez por el encierro o tal vez por la experiencia extrema de mirar por la ventana cómo el planeta cuenta enfermos, muertos, camas y respiradores, una obsesión por pensar desde más atrás cómo en algún momento lo hicieron los antiguos, quizás también afectados por la inquietud y la extrañeza.

La filosofía y el análisis adquieren otro valor cuando, a la luz de los efectos del virus en nuestra cotidianeidad, empezamos a hacernos preguntas para las que no habíamos tenido tiempo en los últimos 50 años: ¿Es más importante la vida o la productividad? ¿Es útil lo que aprendemos? ¿Decidimos libremente o somos objetos del azar?

En este espacio detenido en el que nos atraviesa un flujo infinito de preguntas, he salido a buscar a sabios y sabias, pensadoras y maestros para traer a la mesa algunas ideas que den sabor y sustancia a este caldo que necesitamos preparar durante la cuarentena y que, ojalá, a la salida nos devuelva mejorcitos para re-armar un mundo que ya cambió, y demasiado.

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Hablé con León Cohen, psiquiatra, psicoanalista y miembro de APSAN (Asociación Psicoanalítica de Santiago), para ver qué cosas lo andaban rondando en su encierro. Me contó que se ha armado sus propias rutinas y ha tratado de darle dedicación a esto de prepararse para ir en busca de comida y luego, con calma, desinfectarse cada vez que entra a la casa: sacarse los zapatos a la entrada y ponerse unas pantuflas de interior, lavarse las manos y sacarse la ropa que haya estado en contacto con alguna superficie.

—Es todo un ritual —dice— ha enriquecido mi capacidad para tener paciencia.

Le cuento lo que me está pasando con la filosofía y las preguntas y me contesta:

—Más que el intelectual, lo que más me sirve ahora es ser futbolista, trabajar para el equipo. Yo no soy muy hipocondriaco, es decir, sigo las instrucciones del DT por disciplina más que por miedo. Hago mi rutina y cada una de ellas me produce una enorme satisfacción, así fue como aprendí a atajar.

León habla tranquilamente y va deshilachando su experiencia en pedacitos. Viniendo de un psiquiatra-arquero conocido, decido empezar a anotar todo por si yo también encuentro algunas claves para sobrellevar de mejor manera este momento.

—Mucha gente va a tener que recurrir a los rituales y ceremonias, eso es lo que nos estructura la cotidianeidad, la mente es una máquina práctica. Por lo mismo, la mente es reacia al cambio, somos seres de costumbres y cambiar los rituales de la vida antigua por estos nuevos es difícil, implica una gran resistencia, muchos cuestionamientos. El miedo a la muerte y a la autoridad fuerzan el cambio.

El problema es que nos pasamos preguntando hasta cuándo la cuarentena, por qué no podemos seguir siendo los de antes y andar por ahí coexistiendo amorosamente con virus y bacterias en la total inconciencia… pues porque no, porque pasó algo y cambió todo y esta es la nueva normalidad, al menos por ahora.

Estoy en varios chat —me dice y enumera— el del teatro, el de los psicoanalistas de APSAN, el de los ex jugadores del club de la Universidad de Chile -el de los directivos y el de los miembros del Consejo Azul y el apasionado chat de hinchas azules-, un chat de políticos, uno de ex compañeros del Instituto Nacional y de mi curso de Medicina de la Universidad de Chile. Y todos hablan en sus propios códigos, les importan cosas diferentes, ponen otros acentos.

No puedo evitar el impulso copuchento de comparar el chat de los psicoanalistas con el del fútbol.

Cada uno se acompaña dentro de su soledad, hay humor y acompañamiento.

Vuelvo a lo mismo, qué ganas de comparar los memes que se mandarán los psicoanalistas con los de los futbolistas…

—El primero es mixto, intelectual y a la vez cariñoso. El segundo de hombres, con mucho compañerismo y sentido de equipo azul, todos ex cracks. Pero lo que sí encuentro tóxico es la inundación de información en torno al coronavirus.

Infodemia le dice el señor de la OMS y de esa no nos estamos salvando mucho. Tenemos bien pocas distinciones para dirimir entre la información que recibimos, por eso León recomienda “desconectarse un poco de las pantallas. Es inevitable la evacuación en la crisis, individual y social, y por otro lado la voracidad en busca del sentido y del milagro”.

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Empezamos a hablar de los líderes globales y de lo terrible que es estar en manos de los negacionistas. Repasamos un rato a Trump, Bolsonaro y al (hospitalizado) Boris Johnson. Le digo que yo no creo que lo hagan de tontos, sino porque toman el camino nazi: que se mueran los que se tienen que morir. En rigor, los países que dejan que se dispare la curva de contagios están acelerando la llegada del peak, saben que van a morir muchos en el camino, pero rápidamente pasarán al otro lado.

—La actitud general del planeta no está nazi —dice— no pretenden purificar la raza.

Espero, digo yo, porque además el bicho no es muy selectivo, sino más bien bastante democrático, con la excepción de los niños que por suerte han estado a salvo. ¿Tal vez buscan rejuvenecer la raza?, me pregunto.

—Este virus es un bicho terrorífico que está en todas partes, corresponde a una de las peores pesadillas psicóticas de la humanidad. Algo invisible, múltiple, inaudible, en la tierra y en el aire, que penetra nuestros orificios y nuestras mucosas hasta entrar a nuestras células, las pulmonares, las parasita, las engaña, se hace pasar por familia y es un invasor, allí se replica miles de veces hasta que destruye al anfitrión y sale de allí como estallido de granada para hacer lo mismo con miles de otras células. Una pesadilla enloquecedora. Luchamos con la inflamación, la fiebre, el dolor de cabeza, con los ejércitos inmunológicos, pero a veces se tornan insuficientes, por debilidad heredada o adquirida, como la diabetes, el cáncer, o por el paso aciago del tiempo. Y nos ahogamos y nos cansamos y muchas veces morimos, inundados por el invasor.

Vaya descripción, ahora tengo más miedo.

Salpicón de revoluciones

Comenzamos a hablar de cómo se nos han ido juntando las causas en tan poco tiempo. Veníamos saliendo del 8M y cinco días después cerraron los colegios por coronavirus.

Cohen se pregunta: “Me gustaría saber cómo la cuarentena en la sociedad latinoamericana va a impactar esto de los cambios de roles. Si se va a dar algo más como de los ’60 o los hombres nos vamos a poner a la altura de la colaboración que requiere este escenario”.

A mí me da risa porque seguro que ambas. Las cifras de violencia intrafamiliar han aumentado y también las fotos de los hombres tratando de ejercer con estilo las demandas de la vida moderna. Yo, que soy mujer, tengo la suerte de vivir algo más parecido a la segunda, pero con algunos tropezones de la primera.

—Yo, como futbolista, soy partidario de la colaboración —sentencia.

¡Me sorprende todo lo que ha aprendido este hombre del fútbol!

—Es lo que Albert Camus decía: todo lo que sé acerca del hombre y sus costumbres lo aprendí en el fútbol. Y era arquero. Un crack, Premio Nobel de Literatura —explica con satisfacción.

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Le pregunto si cree que se nos va a juntar la crisis de coronavirus con la del 18 de octubre.

—Creo que las crisis actúan en niveles paralelos. Por supuesto que ahora hay un foco en el virus. Lo más terrorífico es lo que tiene ver con el virus y lo que más miedo produce tiene que ver con el estallido social —dice.

¿Por qué?, pregunto.

En el estallido social hubo algo limítrofe, que navegaba entre el miedo y la angustia primitiva. Quién incendiaba el Metro, los negocios, cómo nadie lo sabía. Perplejidad social. Miedo alimentado por una angustia que te inunda y perturba y confunde y, frente a eso, la clásica defensa de la disociación: la mente individual y social divide entre buenos y malos, las personas buscan identificar la causa del mal: son los comunistas, son los anarquistas, son los narcos, son los ultras de derecha infiltrados, etc.

Es decir que, si entiendo bien el punto, esto de no tener un enemigo identificado (para el 18 de octubre) nos tenía a los chilenos tan confundidos que nos polarizamos para poder coexistir con esa confusión.

—Paradojalmente esa disociación es un progreso, un alivio social para la mente colectiva, versus la anterior que tenía mucha angustia y confusión —explica.

Me cuesta entender que polarizarnos sea un progreso, pero entiendo que es mejor saber quién es el enemigo que tener uno desconocido.

—El delirio no es la enfermedad, es el intento de cura de la mente frente a la confusión y a la angustia primitiva de desintegración. El conflicto significa poner sobre la mesa las visiones contrapuestas, la disociación de ellas permite que se prolonguen, que todo quede congelado en un orden. Luego un bando puede triunfar sobre otro, que fue lo que pasó el ’73 pero, lo más difícil es que los dos bandos logren superar, el problema a través de pequeñas cosas y se genere en la mente lo que llamamos el pensar, la negociación. En esto los líderes cumplen un rol enorme —y agrega— en la situación actual los discursos de la Merkel, Trudeau y Macron son un referente.

Mercado versus neoliberalismo

Otra cosa interesante ha sido la oposición entre el progreso económico y el cuidado de la vida.

—Se derrumba el valor abstracto que es el dinero —dice Cohen— Cuando se inició la crisis deberíamos haber parado las bolsas, porque son la parte abstracta de la codicia y del narcisismo y a sus agentes no les importa arruinar la vida concreta y real de la humanidad. Vamos a caer como hace un siglo atrás, como en la gran depresión. El mercado forma parte de la dinámica humana, pero el neoliberalismo amenaza a la supervivencia de la especie.

Y continua: “Falta una raza de hombres sabios porque aquí hay que salvar a la humanidad, ya que si eso no ocurre, el resultado podría ser bastante más catastrófico que hace un siglo atrás”.

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Luego de pasearme por varios temas, volvemos a hablar de la filosofía (mal que mal fue mi primera pregunta).

—En la filosofía, para mí lo central es la perplejidad, la curiosidad y las ganas de poder entender, esa es la secuencia para mi. La perplejidad solamente surge si hay algo que te desequilibra, te saca de lo habitual. Ya estaba ocurriendo, el 18 de octubre nos tenía perplejos, eso nos lleva a tratar de entender algo y te surgen nuevas ideas. Así surgió la filosofía con los griegos. Uno de mis padres-maestros es don Humberto Giannini, que era un filósofo de la cotidianeidad: ¿Cómo la afrontamos y cómo enfrentamos las angustias de tipo psicótico a las que nos lleva el virus? ¿Cómo no contagiar con eso al resto de la familia? La posibilidad de que se vuelva loca la cosa en la casa o que se ordene son probables y cercanas. Ahora se abren espacios para escuchar y pensar cosas que antes no tenías tiempo de ver, también para poner atención en los pendientes o tener el tiempo de hacer la llamada telefónica que hace mucho no hacías. Esta cuarentena abre espacios para rescatar cosas que dejamos atrás, es una parte positiva y te ayuda a sobrellevar este momento dramático —concluye.

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