Por María Jesús Cardemil

Según ha informado el Servicio Nacional del Consumidor (SERNAC), desde que comenzó la pandemia, las ventas online han aumentado más de un 216%.

Cada artículo que existe en el mercado tiene una huella de carbono. Esto quiere decir que su elaboración, producción, contenido, envase y traslado hasta nuestro hogar, genera emisiones. La huella, tiene directa relación con la cantidad de gases de efecto invernadero (GEI) que se generan desde la extracción de su materia prima hasta el termino de su vida útil.

En este escenario, aparece el comercio electrónico o e-commerce en su versión “verde”. Esto, es una modalidad de compra responsable y que considera los procesos de elaboración. “Los consumidores se están fijando en el impacto social y ambiental de las empresas. En este sentido, el marketing tendrá que apoyarse en el propósito de las empresas y demostrar su compromiso con la sociedad. El e-commerce sostenible es una manera de mostrar este compromiso”, asegura Felipe Machado, consultor de Gudcompany.

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En relación al producto, la respuesta para un comercio electrónico más sostenible viene de la economía circular. Esta implica repensar el modelo de producción, con el fin de optimizar la utilización de recursos naturales, limitar los desechos y tratar de convertir los residuos en nuevas materias primas. Las empresas deben ser capaces de plantear una estrategia de logística sostenible que esté a su vez, en línea con sus objetivos comerciales y de negocio.

“Esta estrategia debe aplicarse según los costos, ingresos, tecnología disponible y, sobre todo, por el impacto en el medio ambiente, sin interrumpir las necesidades de la empresa y sus usuarios finales”, comenta Álvaro Echeverría, Ceo de SimpliRoute, Startup chilena que ofrece un software para planificar y optimizar la logística de distribución.

Comprar local

El investigador de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad del Desarrollo, Roberto Ponce explica a Desafío tierra que estas ventajas son económicas, sociales y ambientales. “Favorece la actividad económica en el área donde se realiza la compra, lo que beneficia pequeños comercios y emprendimientos, generando empleo local”. De esta forma los recursos quedan en la misma comunidad, lo que “permite acortar brechas entre localidades, mejorando la igualdad de oportunidades”.

Sobre los beneficios a nivel ambiental, el también investigador del Centro de Ecología Aplicada y Sustentabilidad (CAPES), afirma que “disminuyen las emisiones de CO2 asociadas al transporte y la cantidad de empaques”. Sin embargo, Ponce puntualiza que a pesar de lo que se pueda suponer, la gran emisión de dióxido de carbono en el sector de alimentos, “se produce en la producción, no en el transporte”.

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Por su parte, la académica del Departamento de Geografía de la Universidad de Chile, Daniela Manuschevich, comenta a Desafío Tierra que la información sobre la huella de carbono de un producto, busca que “el consumidor también tenga esa información disponible al momento de decidir qué es lo que va a comprar”.

La especialista añade que cuando cuando preferimos local, además de adquirir productos que se trasladaron menos y están menos empaquetados, “son productos que en general, fueron producidos en un circuito más local”. Si pensamos en el caso de las frutas y verduras -de productores pequeños y no de exportación- tienen menos impacto en términos generales, ya que contienen menos pesticidas y químicos que las hacen tener un mejor aspecto.

Consumidor responsable

Distintas agrupaciones ecológicas, sociales y políticas, han definido al consumidor responsable como aquella persona que ajustan sus hábitos de consumo, a sus necesidades reales y a las del planeta. También son aquellos que en la medida sus posibilidades, escogen opciones que favorecen al medio ambiente y a la igualdad social.

Sobre la responsabilidades de los compradores, Roberto Ponce expresa que “es fundamental que el consumidor entienda los efectos ambientales de sus decisiones”. Ser responsable al momento de comprar no solo tiene que ver con reciclar, “sino que tiene que ver con estar dispuesto a asumir los costos ambientales, en todo el ciclo de vida del producto, es decir desde la producción, hasta su disposición final”.

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