Por Christian Noguchi y Paloma Ávila
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Un tercio de la población del planeta desapareció. Esa fue la inimaginable magnitud del paso de la peste negra por Europa en 1348. Italia y España estuvieron dentro de los países más afectados. Y solo para aportar un poco de perspectiva, si el mundo hoy se preocupa por tener que aislarse por períodos que podrían alcanzar los 18 meses, basta recordar la historia para recuperar la calma o bien, aumentar la preocupación… La peste negra se prolongó de forma intermitente, entre el siglo XIII y el XVII.

Para peor, hasta ese momento, los humanos no sabían de la existencia de los microorganismos. No conocían a qué se enfrentaban. La peste negra o peste bubónica, no fue (hasta donde sabemos) obra de la voluntad divina, la ciencia si confirmó que la responsable fue una bacteria que habitaba en los ratones y tuvo como transporte (o vector dicen los expertos) a las pulgas que picaban a los humanos. Su nombre era Yersinia pestis y según los registros aproximados cobró la vida de un tercio de la población mundial.

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Decidimos hablar con cuatro especialistas de los campos de la historia y la filosofía para analizar esta transformadora experiencia de enfermedad y cuarentena a la que nos ha sometido un nuevo microorganismo: el coronavirus.

Mario Matus, docente de la facultad de ciencias históricas de la Universidad de Chile, comenta que

“los efectos de la peste negra fueron tan devastadores, porque hasta ese momento, el hombre convivía con la insalubridad. Puede sonar descabellado hoy, pero literalmente no había conciencia. De hecho, los ciudadanos convivían con heces que pasaban por fuera de sus hogares y los pocos doctores de la época no se lavaban las manos, ni menos… utilizaban guantes”.

Frente a una mortalidad que no discriminaba y casi como única salvación, la población tuvo que “aislarse” y migrar hacia los campos huyendo de la infección. Esto tuvo como efecto el incremento de la población campesina que comenzó de a poco, a hacer tambalear al sistema económico que se estilaba en esas tierras: El Feudalismo.

“Ese fue su primer impacto social. Modificó el sistema económico de la época. Porque comenzó a emerger esta nueva clase, mitad citadina, mitad campesina, que empezó a cuestionar el sistema y obligar a renegociar los contratos de trabajos con los ‘señores feudales’ (… y les permitió) adquirir primero tierras y posteriormente poder económico gracias a las demandas de alimentos y especies que provenían de las ciudades”. Añade Matus.

“Aquí apareció este grupo socio económico conocido como los burgueses. Una especie de ‘nuevo rico’ que, en un afán por demostrar su nueva riqueza, comenzó a acercarse a filósofos, artistas y científicos de la época. Ese sería un punto de inflexión hacia una nueva Era”. Comenta, Cristóbal García Huidobro, profesor de historia de la Universidad Católica.

El arribismo como motor del renacimiento

Según Mario Matus, “ellos querían demostrar algo que no eran y por eso decidieron financiar y apoyar a personajes que eran considerados como “sabios” en ese momento. Unos tales Leonardo Da Vinci, Migue Ángel o Rafael, por mencionar a algunos. De esa inédita manera, se logran obtener obras, edificaciones y estudios que cambiarían la forma que se tenía de contemplar el mundo. Ese aporte fue un cambio de paradigma, el que hoy llamamos “Renacimiento”.

“También tuvo un impacto en el origen de las ciencias sociales”, agrega el filósofo Pablo Razeto, “Nicolás Maquiavelo que fundó la ciencia política, se juntaban con Da Vinci en casa de los mecenas Medici y leían a Dante Alighieri, uno de los primeros pensadores humanistas, que escribió en italiano, en vez del latín, que era una lengua que sólo sabían los eruditos acercando de esta manera el pensamiento a la gente de a pie”.

“ Las relaciones comerciales también cambiaron para siempre permitiendo el intercambio entre ciudades repúblicas y también con otras naciones. Podríamos decir que la base de la economía actual parte aquí. Incluso el descubrimiento de América en 1492, surgió en medio de este mundo azotado por un virus”, dice García Huidobro.

Así no más, de un mundo oscuro se pasó a otro iluminado sin un gran plan de futuro, sino más bien una serie de eventos encadenados que dieron este resultado. Quién diría que simplemente las ganas de pertenecer de los nuevos ricos de la época los iban a reunir justo con pensadores asombrosos y visionarios, que huir de la muerte crearía una nueva clase de campesinos y si simplificamos las cosas, que una bacteria asesina le permitiría a la especie florecer?. Con ese pensamiento esperanzador y la completa certeza de que somos pequeños y no sabemos bien a dónde vamos, nos preguntamos entonces ¿qué podemos esperar de nuestra propia crisis por coronavirus?

“Sin duda muchos de nuestros hábitos desde el hogar hacia afuera van a cambiar. El individualismo está dando paso a un sentido de colaboración que cobra mayor relevancia” “También el acceso hacia la tecnología podría aumentar ciertas brechas, entre quienes pueden y no”. “La política tendrá que subirse a este carro, porque se demuestra que la gente es capaz de compartir contenidos y tomar decisiones. Es muy interesante la transformación que comenzaremos a observar”, agrega Mario Matus.

Volver a pensarnos

Un efecto inesperado de la cuarentena ha sido la enorme cantidad de tiempo que tenemos con los más cercanos y con nosotros mismos. Hasta ahora muchos han bromeado con lo que parece ser una gran pesadilla pues, luego de añorar más tiempo para estar en la casa con la familia, ahora que lo estamos (es cierto, encerrados) parece que no teníamos herramientas suficientes para administrarlo. Un dato interesante: en China al terminar la cuarentena aumentó explosivamente la solicitud de divorcios. Y es que el coronavirus nos pone frente a frente con lo que hemos construido con otros y también con lo que somos. ¿Qué dicen los filósofos y filósofas sobre este momento?

El problema (u oportunidad del tiempo)

Según Diana Aurenque, profesora de filosofía y bioética de la Universidad de Santiago “en plena pandemia la filosofía tiene una pertinencia insólita. Vivimos tiempos paradójicos: para conservar nuestra salud y la de otros, nos encerramos, nos recluimos y vivimos como entre paréntesis. La vida que conocíamos está en pausa, dejamos de estar absortos en las típicas ocupaciones laborales o sociales, y nos encontramos con algo totalmente desconocido: tiempo. De pronto tenemos tiempo, pero jamás fuimos entrenados para el ocio, sino más bien para el trabajo y los negocios. Hay aplicaciones para mantener el cuerpo sano, pero ¿qué apps se ofrecen para cuidar la mente de encontrarse consigo misma? La cuarentena nos aleja de todo, menos de nosotros mismos, eso es imposible. Este tiempo de cuarentena nos obliga a todos a ser un poco filósofos, a dialogar con nosotros mismos, a conversar con uno y descubrir si, como invitaba Sócrates, uno es amigo de sí mismo. ¿Nos gusta lo que somos?, ¿Extrañamos al mundo y a los demás realmente, o no será más bien que no soportamos estar a solas con nosotros mismos? Estas preguntas, planteadas honestamente al propio juez de la razón, implican sin duda ya un crecimiento en el autoconocimiento, será demostración de soberanía, e incluso de una nueva salud, como diría Nietzsche”.

¿Coronavirus y una nueva ciudad?

Pablo Razeto, filósofo y doctor en ciencias de la Universidad de Chile, comenta que “así como con la peste negra la gente tuvo que migrar de la ciudad al campo, con el Coronavirus la gente tuvo que migrar del lugar del trabajo hacia sus hogares. Trabajar remotamente se volvió una opción más atractiva que nunca, algo que por necesidad ya empezaron a llevar a la práctica seguramente miles o millones de personas”.

Las largas horas de transporte sobre las cuales estaba montada la estructura laboral de las grandes urbes segregadas como Santiago, podrían ceder ante la necesidad sanitaria de una nueva ciudad, dice Razeto. “Ante eventuales epidemias, organizar la ciudad haciendo que las y los trabajadores vivan cerca de sus trabajos (o trabajen en sus hogares) parece una opción cada vez más atractiva. Esto no es difícil de incentivar, por ejemplo, si se incluyera el tiempo de transporte dentro de la jornada laboral, los empleadores tendrían un incentivo para contratar personas que vivan cerca de sus trabajos.

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Y continúa, “Si las ciudades se organizaran para disminuir el tiempo de viaje diario, también mejoraría la calidad de vida, que se ha demostrado está directamente relacionada con la cercanía entre el trabajo y el hogar, y que además parece estar al centro de las demandas de los actuales movimientos ciudadanos (al menos en Chile). También fortalecería el desarrollo local de los barrios, el uso de bicicletas, habría menos tacos, más tiempo libre, menos emisión de gases invernadero, más contacto entre vecinos, menos sobrepeso en la ciudad, incluso menos trastornos mentales. Tal vez podríamos aprovechar esta crisis en pro de reorganizar la vida en la ciudad, disminuyendo las distancias de transporte e incentivando el desarrollo local de barrios y vecindarios”, plantea.

No sabemos cómo se escribirán las próximas páginas de la historia, pero al mismo tiempo que luchamos por vencer este virus, somos testigos privilegiados de una de las mayores crisis de la humanidad y vivimos en tiempo presente lo que las futuras generaciones verán en libros. Es por eso que se nos aparece una pregunta tan antigua como el tiempo: ¿Hacia dónde vamos?

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