Por Patricio Alarcón

El ritmo frenético de la sociedad nos hace enfrentarnos prolongadamente a situaciones de estrés. Para peor, ahora se suma la pandemia que, además de obligarnos a confinarnos, nos ha profundizado, entre otras cosas, las incertidumbres.

Recientemente, un popular artículo del sitio de divulgación The Conversation abordó la problemática. En él, las académicas Carmen Pedraza Margarita Pérez, de la Universidad de Málaga, explicaron cómo el estrés “le pasa factura a nuestro cerebro”.

En Futuro 360 te invitamos a entender junto a destacados expertos los procesos biológicos que ocurren en el cuerpo cuando nos enfrentamos a este tipo de situaciones.

Un componente natural en nuestras vidas 

Hay que aclarar que el estrés no es necesariamente sinónimo de un perjuicio. Se trata más bien de algo normal, con lo que el ser humano hace frente a amenazas que ponen en peligro su supervivencia. Es decir, lo necesitamos en la vida.

El problema es cuando se hace crónico, porque la curva de activación baja y se ve todo disminuido. Se empieza con perdida de la memoria, desgano, impacto en la actividad relacional. Es como si el cebero se agotara. Hay que entender los dos estados para saber dónde estás”, plantea Lucas Canga, investigador del Centro de Neuroeconomía UDP.

Para Jimmy Stehberg, científico del Instituto de Ciencias Biomédicas de la U. Andrés Bello, “un estrés por si sólo, a no ser que sea de una magnitud muy traumática, tiene una respuesta que es parte de un ciclo que vuelve a la normalidad, que es sano“.

Y añade: “La respuesta del estrés agudo, o sea a corto plazo, es parte de nuestro mecanismo fisiológico normal. El problema no está en el estrés como tal, si no en el que llamamos crónico”.

Por su parte, las investigadoras españolas exponen en su artículo que el impacto del estrés depende del individuo, porque, ante una misma situación de estrés, cada persona puede reaccionar de maneras muy diferentes en función de su personalidad, apoyos sociales, experiencias previas, etc.

Así, proponen que esto estaría ligado a la respuesta neurobiológica ante el estrés. “Si nos sometemos a un estrés muy intenso o repetido, o si sencillamente se percibe como impredecible e incontrolable, puede tener consecuencias importantes para nuestra salud, especialmente para el cerebro”, manifiestan.

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Efectos biológicos

Cortisol es el nombre de la principal hormona del estrés. En nuestro cuerpo necesitamos su equilibrio, ya que regula numerosas funciones. Si eso se rompe, se alteran varios procesos.

Incluso, algunos tan importantes como la neuroplasticidad, que es la capacidad del cerebro para cambiar y adaptarse a nuevas experiencias, lo que nos permite aprender de lo nuevo y enfrentar las cosas adversas.

“Cuando hay estrés crónico se llega a un punto en que se pierden las regulaciones del cortisol. Empieza a aumentar y pierde la capacidad de volver al nivel inicial. Cuando no podemos volver al equilibrio, el cortisol es extremadamente dañino“, advierte Stehberg.

El estrés en modo prolongado o permanente puede reducir justamente la neuroplasticidad y, por tanto, afectar cómo nos enfrentamos a los problemas.

En este caso, se podría asegurar que el cerebro suele ser el órgano que más sufre. Cambios en nuestro cerebro pueden ser responsables de varios trastornos, como el estrés postraumático, la ansiedad y la depresión.

“Si su plasticidad nerviosa disminuye por el estrés, la persona tendría menos capacidad para hacer frente a los desafíos de la vida”, escriben Pedraza y Pérez en The Conversation.

Es más, puede llegar a modificar el comienzo y el curso de enfermedades neurodegenerativas, tales como el Alzheimer y otras relacionadas con alteraciones inflamatorias y de la plasticidad nerviosa.

“Dependiendo de sus niveles y cuándo sucede, puede tener efectos, a veces, irreversibles. Si tu expones a estrés severo a niños, se puede traducir en un límite en sus capacidades cognitivas de adulto”, nos relata Claudio Hetz, directo del Instituto Milenio de Neurociencia Biomédica (BNI) de la Facultad de Medicina U. Chile.

El académico señala además que, ante el COVID-19, “preocupa mucho la mezcla de factores (…) Todo en su conjunto va a tener efectos negativos, no solo en hacerte más vulnerable ante el virus, si no también pensando en el mediano plazo en el desarrollo de otros patologías, donde factores como confinamiento, baja de ejercicio, depresión y estrés son factores de riesgo”.

“El estrés crónico produce cambios en el volumen de la corteza cerebral, muerte neuronal, la sobreexcitación de áreas del cerebro que eventualmente pueden llevar a cambios conductuales: agresividad, problemas para dormir. Empieza a haber una desregulación en, por ejemplo, el hambre”, complementa el experto de la U. Andrés Bello.

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¿Cómo prevenir las consecuencias?

Actividades como el ejercicio, alimentación equilibrada, apoyos sociales y métodos de relajación pueden servir para atenuar los efectos.

“Activar nuevamente el cerebro social, habilitar cualquier formato de relacionamiento. En el trabajo abrirse, tener reuniones de equipo. Abrirse emocionalmente es algo que el cerebro necesita biológicamente, porque en tribu baja el estrés”, nos recomienda Canga. 

Por último -concluye el académico de la UDP- también puede servir “buscar un proyecto que te permita transitar esto (la pandemia). Porque cuando uno tiene un proyecto, el cerebro libera dopamina, un neurotransmisor que te permite disminuir el dolor”.

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