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Áreas costeras de baja altura, zonas áridas y semiáridas, grandes bosques, territorio susceptible a desastres naturales, áreas propensas a sequía y desertificación, zonas urbanas con contaminación atmosférica y ecosistemas montañosos. Por su particular geografía, Chile está entre los diez países más vulnerables a la amenaza climática.

“Uno puede identificar que hay ciertos grupos de la población, o ciertos sectores productivos, que pueden estar más expuestos a estas amenazas”, explica Anahí Urquiza, investigadora del Centro del Clima y la Resiliencia de la Universidad de Chile.

Las altas temperaturas han provocado mayores deshielos que incrementan el caudal de los ríos y generan la reacción del mar. Una de sus respuestas más comunes ha sido la llamada marea roja, que termina por afectar negativamente la pesca y otras áreas productivas costeras, de las que depende mucha gente.

Si bien las vulnerabilidades territoriales del país se acrecientan por el cambio climático, también obedecen a la forma en que se enfrentan.

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La vulnerabilidad es un factor interno. El terremoto, por ejemplo, es la amenaza, y la vulnerabilidad se da cuando yo construyo mi casa sin considerar ese movimiento de tierra que va a suceder tarde o temprano. De esta forma, se construye vulnerabilidad”, expresa Daniela Ejsmentewicz, abogada investigadora del Programa de Reducción de Riesgos y Desastres de la Universidad de Chile.

La amenaza es la misma, pero todos sufren las consecuencias de distinta forma. Al clima y a la geografía se suman otras condiciones que agravan los efectos de las vulnerabilidades del país.

“Gran parte del riesgo tiene que ver con cuáles son las condiciones institucionales, o cuáles son las vocaciones productivas. Porque somos muy dependientes de productos vinculados estrechamente al clima. La minería utiliza mucha agua, lo mismo ocurre con la agricultura y las forestales”, finaliza Anahí Urquiza.

Más allá de la geografía, es la desigualdad social lo que hace que unos estén más expuestos que otros. La tarea del estado es lograr que, al menos, las reglas sean parejas para todos ante la emergencia climática.

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