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A lo largo de las cuatro últimas décadas, más del 70% de las infecciones emergentes han sido zoonosis, es decir, enfermedades infecciosas animales transmisibles al ser humano. En pocas palabras, estas enfermedades incluyen un único huésped y un único agente infeccioso. Sin embargo, es frecuente que haya varias especies implicadas, lo que significa que los cambios en la biodiversidad tienen el potencial de modificar los riesgos de exposición a estas enfermedades infecciosas ligadas con los animales y las plantas.

La epidemia de coronavirus COVID-19, que se inició en Wuhan a finales del año 2019, es un buen ejemplo de la amenaza que representan las enfermedades infecciosas emergentes, no solo para la salud humana y animal, sino también para la estabilidad social, el comercio y la economía mundial.

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En ese sentido, la biodiversidad tiene también un papel protector frente a la aparición de agentes infecciosos, puesto que la existencia de una gran diversidad de especies que actúan como huésped puede limitar su transmisión, ya sea por un efecto de dilución o de amortiguamiento.

Los estudios de los últimos años coinciden en mostrar que la transmisión de los agentes patógenos –y la frecuencia de las enfermedades asociadas– tiende a aumentar con las pérdidas de biodiversidad. Esa tendencia se ha confirmado en un gran número de sistemas ecológicos, con combinaciones huésped-agente y modos de transmisión muy diferentes. ¿Cómo se explica esta situación? La pérdida de biodiversidad puede modificar la transmisión de las enfermedades de varias maneras, el diario académico The Conversation explica algunas.

Una de ellas se produce cuando cambia la abundancia del huésped o del vector. En ciertos casos, una diversidad más grande de huéspedes puede aumentar la transmisión de los agentes, al elevar la abundancia de vectores.

Otra forma es modificando el comportamiento del huésped, vector o parásito. En principio, una diversidad más grande puede influir en el comportamiento de los huéspedes, lo que puede tener diversas consecuencias, ya sea un aumento de la transmisión o una alteración en la evolución de las dinámicas de virulencia o de las vías de transmisión. Por ejemplo, en una comunidad más diversa, el gusano parasitario responsable de la esquistosomiasis (enfermedad que afecta a más de doscientos millones de personas en el mundo) tiene más posibilidades de alojarse en un huésped intermedio inadecuado, lo que puede reducir la probabilidad de transmisión futura a un humano de un 25 a un 99%;

Y, una manera más es modificando la condición del huésped o del vector. En ciertos casos, en huéspedes con diversidades genéticas muy marcadas, las infecciones pueden reducirse o incluso inducir resistencias, lo que lógicamente limita la transmisión. Si la diversidad genética se reduce porque las poblaciones disminuyen, la probabilidad de que aparezcan resistencias disminuye también.

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En este contexto, la pérdida de biodiversidad actual es todavía más inquietante. Por ejemplo, las estimaciones actuales sugieren que, como mínimo, entre diez mil y veinte mil especies de agua dulce han desaparecido o están en riesgo de desaparecer. Las tasas de descenso observadas en la actualidad rivalizan con las de las grandes crisis del pasado, tales como la que marcó la transición del Pleistoceno al Holoceno, hace doce mil años, y con la que desapareció la megafauna, de la que el mamut lanudo era uno de los representantes emblemáticos.

Pero la pérdida de biodiversidad no es el único factor que influye en la aparición de nuevas enfermedades. Esas perturbaciones se producen en un entorno de conexión internacional acrecentada por los desplazamientos humanos y los intercambios comerciales, todo ello añadido al cambio climático.

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