Por María Paz Epelman

Al igual que en el Estado, cada año las empresas preparan su presupuesto para el año siguiente, que debe ser aprobado por sus dueños o accionistas. Muchas personas tienen invertidos sus ahorros en acciones de esas empresas, así es que es importante poder predecir sus resultados. Si crecerán o no, cuánto y cómo.

No es fácil discutir y acordar estos presupuestos. Las empresas están llenas de humanos (hasta ahora, por lo menos) y cada uno tiene su visión, sus proyectos y ambiciones. Las distintas áreas presentan proyectos atractivos a financiar (desde un software para gestionar los recursos humanos hasta una asesoría en calidad de servicio a los clientes). Y cuando el dinero no sobra (casi siempre hay que reducir costos, no aumentarlos), la lucha es intensa.

Hoy las tensiones son mayores, porque la transformación digital tiene a las empresas necesitando transformarse también. Eso significa invertir recursos contra unos retornos difíciles de calcular. Es importante, estratégico y vital, pero no urgente.

Es urgente invertir en más marketing para lograr las mayores metas de venta. Y se puede demostrar el beneficio de hacerlo, porque los resultados del pasado nos permiten calcularlo. Pero no es fácil evaluar el retorno económico de invertir en futuro, aunque sepamos que es vital. Lo primero da frutos en el año. La inversión en futuro es pura apuesta. ¿Adivine qué gana?

En el caso de que todos estén de acuerdo en invertir en futuro, aparece la tensión de determinar cuánto y de dónde a sacar los recursos. No se piden a los dueños, que son los millones de ahorrantes en las acciones de las empresas. Así es que hay que hacer sacrificios. Dejar de hacer algo.

En las empresas es difícil, porque unos deben sacrificar sus proyectos para que otros ejecuten los suyos. Sin embargo, en las familias es un ejercicio habitual. No menos doloroso pero más fácil, porque prima el bien común y la confianza en la decisión de los padres. Y porque hay amor. “Este año no iremos de vacaciones… necesitamos pagar la ortodoncia de Pedrito”.

En las empresas, por el contrario, es el líder quién debe lograr eso mismo: un sentido de bien común. Para poner de acuerdo a todos sus ejecutivos en una misma visión, logrando apoyo de los que perderán en el corto plazo. Hacerlo de manera autoritaria no sirve. Tiene impactos negativos de muy corto plazo. Los afectados se desmotivan, atornillan al revés o se van. Porque sin razones legítimas, ser sacrificado duele y es injusto.

Para hacer los sacrificios e invertir en futuro, se requiere una visión atractiva de futuro y la idea de que todos se beneficiarán de la apuesta, ya que es buena y necesaria para el conjunto.

Se dice fácil, pero se necesita muchas capacidades de liderazgo, conocimiento profundo de la realidad, análisis de escenarios, relato, apertura al desacuerdo, empatía y finalmente credibilidad. Si tu equipo te cree, te sigue.

Le criticamos al gobierno no tener mirada de largo plazo. Y tenemos razón. Invertir sólo un 0,36% del PIB (unos 600 millones de dólares al año) en capacidades para el futuro es sacrificar lo importante por lo urgente.

Cuando esta misma discusión presupuestaria llega todos los años al Estado, el equipo que tiene que creerte es el país entero. ¡Llevar este difícil ejercicio de liderazgo de un grupo de 10 a 12 ejecutivos, a una escala nacional!

Porque el Presupuesto Nacional afecta a todos. Es la savia del árbol. Afecta a la señora María, si las asignaciones la van a dejar sin aumentar su pensión o haciendo filas otro año en el consultorio. A la Carina, si no le tocará gratuidad en la universidad y a los pescadores de la zona, si nuevamente se quedarán esperando la mejora de su caleta. Todos, individualmente, se frustrarán y manifestarán su decepción con el voto.

Y lo más difícil de todo es satisfacer los intereses de todos los grupos intermedios: los partidos gobernantes, con sus énfasis y ambiciones. Los parlamentarios, quienes aprueban o no el presupuesto, y todos los líderes de las fuerzas vivas: gremios, intelectuales, artistas, activistas, sindicatos, bomberos, alcaldes, camioneros, agricultores, pescadores, movimientos varios, comunidades locales, medios de comunicación y analistas, es decir, la sociedad opinante.

Porque nadie quiere pagar más impuestos pero esperamos más inversión en un montón de cosas. Y sumemos a eso las dudas sobre la eficiencia y eficacia de la inversión (si se gasta bien la plata) y la desconfianza por los casos de corrupción.

Si estamos de suerte, el gobierno tiene una estrategia (buena o mala, pero clara), y pudo alinear a sus filas. Los ministros se cuadran, con hidalguía. Para el 2019 le recortarán muchos recursos a Economía, porque hay que gastar más en Educación. Por ejemplo.

El presupuesto llega al Congreso y allí se desata una trama inimaginable. Como para serie mexicana en Netflix. Andan en otra frecuencia y los intereses de las partes no son los mismos. Es el momento de las negociaciones individuales. “Te apruebo el presupuesto de Obras Públicas del país si apuras este proyecto de camino en mi distrito”, por poner un ejemplo ficticio sobre el nivel de las prioridades. Y este fenómeno es transversal; no es la oposición el único grupo desafiante en el Congreso.

Es en este contexto que se presenta el presupuesto de Ciencia, Tecnología e Innovación para 2019, que ni siquiera es de un ministerio, sino que está repartido en decenas de programas o instituciones de distintos ministerios.

No hay un ministro o ministra que lo defienda con pasión.

La poca ciencia chilena es de alta calidad. Curas a enfermedades, tecnologías ambientales, energías limpias, innovaciones de todo tipo. Hallazgos importantes para el futuro. Y transformación de la sociedad, para no quedar desempleados cuando nos pase por encima la ola de la automatización que ya se asoma.

Y el resultado es el siguiente: en plena sociedad de la información, de la revolución digital, de la inteligencia artificial y de la ingeniería genética, al borde de perder la batalla contra el calentamiento global, en plena disputa mundial de los recursos genéticos en la Antártica y de las profundidades del océano y ante la mega oportunidad de transformar nuestro desierto en fuente de energía para el continente, el gobierno chileno presenta un presupuesto menor que el de este año para investigación científica y desarrollo tecnológico. Es decir, decide invertir menos en futuro. Para ser precisos, es marginalmente menor. Pero la expectativa era de crecimiento.

Entonces, nos decepcionamos. Acusamos al gobierno de no entender cuáles son los desafíos actuales en el mundo globalizado y de desperdiciar las potencialidades de Chile y nuestras ventajas competitivas en ciencia, derivadas de nuestro inigualable territorio, un verdadero laboratorio natural.

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Lo acusamos de desinvertir en la investigación en energías no convencionales (no contaminantes), con un gran recorte de este fondo en el Ministerio de Energía. Lo acusamos de reducir los fondos de innovación en el ministerio de Economía, condenando a Chile a una lógica meramente extractiva. De no invertir en conocimiento, para sobrevivir en la sociedad del conocimiento (raro, ¿no?), al mantener el mismo presupuesto de Conicyt y no asignar recursos para el creado ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación.

Le criticamos al gobierno no tener mirada de largo plazo. Y tenemos razón. Invertir sólo un 0,36% del PIB (unos 600 millones de dólares al año) en capacidades para el futuro es sacrificar lo importante por lo urgente. Es verdaderamente poco en este campo, comparado con el tamaño de la oportunidad. Y comparado con lo que hacen países en desarrollo como el nuestro. Chile no está apostando por un desarrollo basado en conocimiento.

Pero si nos quedamos en esta crítica, no ayudamos a la causa. Hay que entender la complejidad. Porque repartir pobreza no es fácil. Dejar esperando a los más vulnerables no es ético. Incumplir las promesas de campaña, inconveniente. Frustrar a los parlamentarios en sus intereses locales, impracticable. Impactar a los gremios e indignar a los líderes sociales, imposible. Postergar a las regiones, sacrificar las necesidades de las Fuerzas Armadas. En fin. La lista es larga.

Es muy difícil. Implica una visión de futuro y capacidad de liderazgo, relato, convicción y alineamiento de todas y todos los chilenos en torno a un mismo propósito y esperanza, para que los sacrificados en el corto plazo comprendamos y apoyemos la causa.

Como con los frenillos de Pedrito y las vacaciones. ¿Habrá alguien capaz de esto en democracia?

Los científicos son los nuevos rockstars en los medios y con razón. Los jóvenes los siguen y los admiran. Hay niñas que quieren ser astrónomas y niños que quieren estudiar el mar. Generan mucho valor social con poca inversión. ¿Ocurrirá lo mismo con todas las demás asignaciones?

Es verdaderamente titánico. Quizás imposible. Pero eso es lo que necesitamos. Porque el futuro ya llegó y no estamos bien parados. Porque en esas investigaciones e innovaciones quizás también encontraremos las soluciones a los problemas urgentes de los más vulnerables.

Hay evidencia. La poca ciencia chilena es de alta calidad. Curas a enfermedades, tecnologías ambientales, energías limpias, innovaciones de todo tipo. Hallazgos importantes para el futuro. Y transformación de la sociedad, para no quedar desempleados cuando nos pase por encima la ola de la automatización que ya se asoma.

Es triste ver que nuevamente no apostamos en serio. Pero tampoco estamos hablando de volverse locos, sino de hacer el esfuerzo de llegar a un 1% del PIB en 3 ó 4 años. El promedio de América Latina y El Caribe es de cerca de 0,8%. Se trata de salir del último lugar en la OCDE en inversión en ciencias. Necesitamos sacrificar otras partidas del presupuesto para apostar en esto. ¿Alguien se ofrece?

Y no es un discurso de moda. Es triste que en 2019 no aumente la inversión porque conocemos el gran impacto que genera.

No es algo abstracto. Es real y concreto. A lo largo de Chile hay numerosos pequeños centros científicos que hacen milagros con poca plata.

No se farrean nada. Sus científicos inventan soluciones baratas para investigar cosas que en el mundo cuestan caras, y de paso inventan tecnología. Aportan sus propios recursos de investigación, obtienen apoyos privados, hacen clases para justificar sus sueldos en las universidades, colaboran con sus pares en el resto del país, asesoran a funcionarios estatales con evidencia científica para resolver problemas contingentes, inspiran a los niños en los colegios, aparecen en los medios para crear consciencia y apoyan a las comunidades locales en sus emprendimientos. Y se quedan en Chile.

Los científicos son los nuevos rockstars en los medios y con razón. Los jóvenes los siguen y los admiran. Hay niñas que quieren ser astrónomas y niños que quieren estudiar el mar. Generan mucho valor social con poca inversión. ¿Ocurrirá lo mismo con todas las demás asignaciones?

Da pena que esta comunidad tenga que seguir administrando pobreza, en lugar de recibir una inyección potente de recursos, que alcance masa crítica. Un espaldarazo. Pero como los conocemos, no perdemos la esperanza en que gracias a ellos y los que vendrán, nuestro país seguirá teniendo futuro.

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